20 feb. 2008

Paradojas del parado

Supuestamente los parados somos un colectivo con muchísimo tiempo libre. Pero entonces no logro entender como puedo vivir tan estresado. Vale, no es un estrés como el de los ejecutivos que andan exaltados todo el día, ni el de las madres trabajadoras que han de conciliar la familia y el trabajo. El mío es peor, es estrés de fin de semana.

Durante la semana la cosa suele ser tranquila. Por las mañanas universidad o sesión de redacción en casa. Por las tardes siesta, si se tercia, y entrenamiento cuando toca. Por las noches algo, nunca demasiado, de tele, lectura y a dormir. Y así todos los días. Alguna vez hay cosas que cambian la rutina, como visitas al veterinario o alguna compra imprevista, incluso algún día hacer un recorrido para ver donde echar currículos en cuanto lo renueve. Pero la cuestión es que casi nunca me falta tiempo. De momento.

Pero el fin de semana es otro mundo. Cuando la mayoría de los mortales aprovecha para descansar yo tiendo a la desesperación. Para empezar el día de la semana que más madrugo es el sábado. Una vez desayuno y me pongo presentable, algo harto difícil si vas con chándal, me marcho de casa para ir a pitar a las nueve de la mañana. Mejor dicho, para jugarte la vida a las nueve de la mañana, porque hay gente que no entiende que el deporte está para divertirse y como les pites algo que no les apaña tu vida está en serio peligro. Una vez acaba mi jornada arbitral vuelvo a casa para comer en menos de 15 minutos y volver a salir si es que tengo partido mío o de mis chicas. Si no es así me puedo dar 30 minutos, porque seguramente tendré algún ordenador que reparar de algún amigo. Si el partido lo juego en casa suelo combinar ambas cosas, pero si es fuera substituyo la reparación de computadoras por la adecuación del vehículo, ya que mi coche sale en los desplazamientos. Entre las cinco y las seis llamada a los colegas para ver que plan seguimos a la noche. Entre las seis y las siete se repite la misma llamada porque a las cinco o no se ha podido contactar o aún no hay nada pensado. A jugar el partido, ducha y volver a llamar a los colegas porque la hora a la que se ha quedado no vas a llegar si es que quieres comer algo, porque tengo el pequeño defecto que si no como muero, ya veis que cosas más raras. Luego salir y volver a casa como muy pronto a las cinco de la madrugada.

El domingo, que uno intenta dormir algo más es imposible porque o los perros te despiertan con su ladrar alegre y jovial (la madre que los parió), o porque a tu madre le da por decidir que has dormido demasiado. Desayunar. Comer media hora más tarde porque a las 3:30 tienes partido con las chicas (cuando juegan de locales). Ir a arreglar algún ordenador que no acabaste el día anterior o que no pudiste ir y te toca ir el domingo. Olvidarte de hablar con quien habías quedado porque Windows Vista decide que te va a tocar las narices tanto como pueda. Hacer la visita dominical y olvidarte de ver si alguien interesante se ha conectado al Messenger. Volver a casa a las tantas y acostarte porque estás hasta las pelotas del fin de semana.

Y digo yo, ¿para cuando podré encontrar un trabajo decente y poder poner la excusa “es que estoy cansado de toda la semana currando sin parar”?

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