28 feb. 2008

Aquellos maravillosos años

Andaba yo planteándome estos últimos días cuestiones fundamentales sobre a que generación pertenezco. Son cosas que uno se pregunta porque dentro de relativamente poco tiempo es mi cumpleaños y cuando uno ya ha pasado el cuarto de siglo estas cosas vienen a la mente.

Siempre he dicho que nací diez años más tarde de lo que debería. Fundamentalmente porque hubiera disfrutado muchísimo durante los 80 si en esos años hubiera sido un adolescente en vez de un niño. Hubiera vivido la eclosión de la informática y probablemente habría matado las horas jugando al Space Invaders y al PacMan. Hubiera flipado en colores con el famoso España Malta del 12 a 1, y en las Olimpiadas de Los Ángeles hubiera disfrutado como un enano del tapón de Iturriaga a Jordan. Pero llegué tarde y me quedó vivir aquellos días en los recuerdos de mis mayores o en los reportajes de la época.

La generación JASP también me quedó corta por los pelos, ya que cuando empezaron a conocerse a sus miembros yo andaba aún por las aulas del colegio y haciendo chistecitos sobre aquello de JASP, ya sabéis Jilipollas y Además Soberanamente Palurdo. Lo que pasa es que jilipollas es con "g", pero es que si no no cabía, así que no tiene remedio. Y como tampoco tengo pasta para comprarme un coche a pesar de estar "Sobradamente Preparado", pues va a ser que no es la mía.

La generación Pokemon ya me queda demasiado nueva. Vale que me gustaba verlos por la tele, pero después de dos temporadas cansaban. Y luego tanto jueguecito y tanta leche con los jodidos bichos. Y por supuesto que no pertenezco a la generación Telettubie, que tantos problemas da a los educadores hoy en día. Realmente creo que pertenezco a la generación X.

Yo nací el mismo año en que Tejero quiso volver al pasado, es más, estaba gestándome cuando el golpe de estado. Ese mismo año intentaron cargarse a Juan Pablo II y el mundo empezó a irse un poquito al carajo cuando en USA Ronald Reagan llegó a la presidencia. Me crié viendo Barrio Sésamo, con Espinete y Don Pimpón (a lo mejor es por eso que no veo mal el matrimonio homosexual, porque siempre pensé que entre ellos había algo que una bonita amistad, igual que entre Epi y Blas), y también veía Pumuky. Luego nos cambiaron a Los mundos de Yupi, pero, como por aquel entonces ya tenía algo más de edad, me entretenía viendo Érase una vez el cuerpo humano y Fraggel Rock con aquella montaña de basura tan sabia. Y empezaron a emitir Dragon Ball. En el colegio alucinábamos con los Kame Hames (¿qué es eso de onda vital?), pero no teníamos bastones mágicos que se alargaban ni tampoco nubes voladoras, aunque seguro que más de uno ha acabado volando sin nubes... Y también hacían Fly, que era como Goku pero con espadas, y Lamu que nos descubrió a muchos como era el cuerpo de una mujer, aunque fuera de dibujos animados. Y por supuesto estaba Arale y el Dr Slump, y el Dr Mashirito que quería destruirla con sus Obokamanes sucesivos. Doraemon sólo resultó ser un aburrido gato robot que no servía para nada.

Los sábados por la mañana hacían Cajón desastre, donde Miriam Díaz Aroca se pasaba el día en patines. Y nos pusieron el club Disney que molaba no como el de ahora que da pena. Y llegaron McGyver y el Equipo A, y empecé a aficionarme por el bricolaje. Y con Carmen Sandiego aprendí que el edificio de la Ópera de Sydney se podía robar fácilmente. Un rapero nos divertía desde casa de sus tíos en Bel-Air y un empollón gafapasta y torpe intentaba enamorar a su vecina Laura por todos los medios, aunque tuviera que meterse en una máquina. Y Blossom y Corey Mathews se hacían mayores, tanto que Corey se casó con Topanga y todo. Veíamos el 1, 2, 3 presentado por Mayra hasta que se acababa, porque como lo hacían los viernes podías quedarte hasta tarde. Y los concursos ecológicos comenzaron a surgir con uno que se llamaba Dale la vuelta. Y nos reíamos aprendiendo con Si lo sé no vengo. Nos emocionamos cuando una flecha encendió el pebetero en Montjuïc, y Expediente X asustaba a los menos valientes. Y conocimos al señor Barragán y a Marianico el corto, aunque nunca sabré si eso es bueno o es malo.

Y un día nos hicimos mayores de golpe porque en la tele dejaron de poner cosas para niños a la hora de la merienda, para que una señora nos contara lo infeliz que era porque no veía a su hermana desde hacía 25 años. Y los niños dejamos de serlo viendo Hércules y Xena, Los vigilantes de la playa, o Las gemelas de Sweet Valley. Y un buen día Gran Hermano empezó. Y ahora nos quedan pocos reductos de sensatez en la tele, algunas series como CSI, Héroes o Perdidos, algo de ciencia ficción como Stargate y el misterio de Médium y Entre fantasmas.

Lo tengo claro, soy de la generación X, con X de EXTRAORDINARIO.

25 feb. 2008

Frases increíbles

Con esta entrada me ganaré la enemistad de muchos hombres y tampoco me servirá para reconciliarme del todo con el género femenino. Incluso, diría más, esta entrada es como tirarme piedras sobre mi propio tejado, ya que no podré utilizar ninguna de tan manidas frases en el futuro. Y es que el ser humano está hecho para mentir o, como mínimo, para no decir toda la verdad. La sinceridad es un bien escaso, para que os voy a engañar, y el que diga que nunca miente, lo hace. Porque si alguna vez os dicen, tanto chicos como chicas, "yo jamás te mentiría", es porque ya lo ha hecho. Y mucho. Y además ha debido de ser tremendamente gorda la mentira. Y cuanto más tiernos ojos te ponga de corderito degollado menos tendrás que fiarte. Que estarán degollados pero la sangre salpica...

Un chico te podrá decir que se enamoró de tí por tu personalidad o por tu carácter, pero ten por seguro que lo primero que pensó fue "¡Vaya pedazo par de tetas que tiene!" (la continuación de la frase no la pongo que resulta soez hasta para mí). Puede que después se diera cuenta de que eres una mujer fascinante con un increíble mundo interior y mucho más que un simple cuerpo, pero primero se ve lo que viene delante y, aunque nunca se debe juzgar un paquete por el envoltorio, los hombres somos así. Si, en cambio, os dice que les enamoró vuestra sonrisa o vuestros ojos, creédles; algunos tíos son extrañamente sinceros y no se fijan en lo que queda de cuello para abajo. Son pocos, como el lince ibérico y hay que protegerlos, como al lince ibérico. Pero siguen siendo depredadores, (¡Anda!) como el lince ibérico.

Si un chico te dice "nunca he visto una peli porno", probablemente se conozca la filmografía completa de las más grandes, desde Nina Hurtley hasta Lucía Lapiedra, pasando por algunas como Asia Carrera, Jenna Jameson y Chloe Jones. Seguramente además era de los que intuía las peliculas del Plus los viernes por la noche y se alegró de la profusión de los canales locales. Además tiene conexión a Internet con ancho de banda suficiente como para bajarse con la Mula unas cuantas películas más cada semana. Y si además de decir la frase anterior la acompaña con "y jamás he guardado porno en mi ordenador" ya no os quiero ni contar. Tampoco creáis a un chico que os diga de forma vehemente "yo no me masturbo porque estando contigo sería incapaz". Sospechad de él si veis que no acaba de funcionar en la cama o si lo hace demasiado bien. Seguro que lo hace y además mucho, especialmente con el porno ese "que no guarda en su ordenador".

Y temed cuando os diga "yo no me fijo en ninguna otra chica porque tú me gustas demasiado". Un hombre que se justifica es un hombre que miente, así que tened por seguro que mira a las demás y probablemente sea a las que más cerca tienes. Y si lo combina con un "nunca he pensado en liarme con otra que no seas tú" es que ya lo ha hecho y los debes llevar que no te caben por la puerta. Y si suda mientras te responde habrá sido con tu hermana o con tu mejor amiga...

Por cierto, yo nunca he visto una peli porno...

23 feb. 2008

Juventud, divino tesoro

Hace un par de semanas regresaba de un partido de mis chicas en Pinoso con algunas de mis jugadoras en el coche, y, como es un viaje relativamente largo, comenzaron a salir ciertos temas de conversación que ciertamente asustan, claro que yo debería estar curado de espanto, pero va a ser que no. Yo recuerdo que a su edad, que son unos 17 años, ya me había afeitado aquella primera perilla con la que intentaba impresionar a una chica haciéndome el mayor, y que sólo sirvió para que otra gente me tomara por más viejo, porque a ella esas cosas no la impresionaban; estudiaba lo que todos a esa edad, poco y mal, pero sacaba buenas notas, y comenzaba a plantearme el futuro. Pero no me ponía a hablar de sexo con la gente.

Quizás eran otros tiempos. De eso hace diez años, cierto es. Pero no creo que tanto hayan cambiado las cosas. Bueno,sí. Sobre todo teniendo en cuenta una de las preguntas que me hicieron: "¿Por qué a los hobres les excita ver el momento en que una mujer tiene un orgasmo?". Creo que no requiere comentarios. Iba yo conduciendo y casi me da algo con la preguntita, más que nada porque como aún no he visto uno en directo pues como que no puedo opinar, la verdad. Por cierto, que triste resulta eso...

Lo cierto es que su vida sexual es más activa que la mía, cosa fácil, por otra parte, para que os voy a engañar, y me hace plantearme cosas, especialmente a que se debe este fenómeno: ¿más permisividad paterna, más libertad sexual en general, más consumo de alcohol y drogas? NO creo. Para mí que la culpa la tiene Internet...

21 feb. 2008

Ella

Continuo hoy con la literatura personal con un pequeño relato que me ha ido surgiendo a lo largo de la mañana:

ELLA

Ella me mira y me sonríe. Sonríe directamente a mi corazón, y mi corazón se alegra de verla sonreír. Ella me habla con palabras llenas de ternura y amor, y acaricia mi alma sin tocar mi piel. Viste un hermoso vestido rojo y su largo pelo negro se recoge en dos coletas, sujetas por sendos lazos, a juego con su vestido. Ella me toma la mano, me sonríe de nuevo y me dice que me quiere. Yo la miro dulcemente y la beso en la frente mientras una pequeña lágrima de felicidad me resbala por la mejilla. Hacía tanto que no lloraba de felicidad que había olvidado la sensación tan agradable que deja una lágrima al caer libremente. Ella me mira nuevamente, se abraza a mi cintura y me dice que quiere estar siempre abrazada a mí. Yo le digo que a mi también me gustaría, pero que algún día tendremos que separarnos, por lo menos para visitar el baño. Ella estalla en una carcajada tan contagiosa que no puedo evitar unirme a ella. Y los dos reímos como dos niños pequeños que juegan a ver quien es capaz de reír más fuerte. Ella vuelve a mirarme y me dice que vale, que si es para ir al baño permitirá que nos separemos, pero sólo para eso. Y volvemos a reír los dos.

Nos sentamos en el único banco que alcanzo a ver y ella aprovecha para sentarse en mis rodillas. Sabe perfectamente que a mí no me importa, es más, me gusta que lo haga, pues siento que está más cerca de mí si eso fuese posible. Me rodea el cuello con sus tiernos brazos y me da un beso en la mejilla. Yo le acaricio el pelo y ella me dice que tenga cuidado con sus lazos, porque le gustan mucho y no quiere que se le deshagan. De repente ella me pregunta que es la felicidad. Yo me quedo desarmado y le respondo que la felicidad está hecha de momentos como éste. Ella me dice que si es así porque no podemos hacer este momento eterno. Algo en mi interior sabe que algo le pasa. Nunca ha hecho esa clase de preguntas. Yo le digo que en la vida también hay momentos tristes, y así cuando llegan los tiempos felices los disfrutamos más. Ella vuelve a mirarme, me sonríe y me responde que vale.

De repente salta de mis rodillas y suelta mi mano. Me dice que tiene que ir un momento al baño y que enseguida vuelve. Le digo si quiere que la acompañe, pero me responde que no, que ya es mayor para ir sola. Mayor. Sólo tiene ocho años pero resulta tan madura que parece una mujer pequeñita. Acepto a regañadientes porque al fin y al cabo no puedo evitar que se haga mayor. Siempre había sido mi pequeñaja, pero algún día tendría que empezar a aceptar que se haría mayor. Mayor. Me hace sentir viejo y a la vez orgulloso. Mi niña pequeña se hace mayor.

Tarda demasiado en volver. La niebla se hace más espesa por momentos y ella no vuelve. A lo mejor se ha parado a jugar en los columpios. Siempre le han gustado y desde el momento en que alcanzó a tocar el suelo con las puntas de sus pequeños pies decidió que podía columpiarse sola, aunque de vez en cuando permite que le empuje para dejar que me sienta tan padre como el que más. Me conoce más que yo mismo y sabe que me gusta protegerla. Tarda demasiado. Me levanto y me acerco donde los columpios, pero ella no está. Tampoco está en el tobogán, ni en esa extraña especie de castillo hecho de madera, metal y cuerdas al que de vez en cuando le gusta subirse y escalar, mientras yo sufro por si cae. No están ni ella ni nadie. Los juegos infantiles están desiertos. El parque está en silencio y la niebla resulta tan espesa que casi se podría cortar. No es normal. La llamo, pero no responde. Cada vez la llamo más fuerte. Sigue sin responder. Grito. Nada. Empiezo a llorar, esta vez de desesperación. Pido a Dios que me la devuelva. Exijo a Dios que me la devuelva. Maldigo a Dios para que vuelva conmigo. Pero Dios tampoco sabe donde está. Empiezo a correr por el parque buscándola, buscando a alguien que la haya visto. No hay nadie. Estoy solo. Y ella no aparece. La he perdido.

Me paro. Entre mis jadeos y sollozos oigo que alguien ríe. Es su risa, su contagiosa risa de niña pequeña. La llamo de nuevo, con la voz temblorosa por el cansancio y la tensión. Ella sigue riendo. Insisto en mi llamada. Le digo que no me gustan esas bromas y que me había preocupado de veras. La risa cesa. Otra vez el incómodo silencio de la soledad. “Cariño”, la llamo de nuevo y le digo que no estoy enfadado, que vuelva, por favor, que necesito que vuelva. “No, papá”, escucho entre la niebla con un eco digno de una gruta hundida en la tierra. Hundida como yo sin ella. “Sabes que no puedo volver”, vuelvo a oírla y empiezo a comprender. “Sabes que no soy más que un sueño; un hermoso sueño en el que crees cada vez más; un hermoso sueño que aparece al final de tu camino, tan claro y tan vivo que parece real, pero un sueño al fin y al cabo”. Dejo de llorar porque sé que tiene razón. “Pero sabes que para llegar al final del camino antes tienes que empezar a caminar por él”. Siempre ha sido una niña muy madura para su edad y piensa más que muchos adultos. Bueno, en realidad aún no “ha sido” más que en mi mente. Tantas veces la he soñado que parecía real. “Pero sabes que los sueños a veces se cumplen, así que no dejes de soñar, y algún día me abrazarás, me besarás, me acariciaras el pelo con mis dos lazos rojos que no querré que se deshagan, y serás tan feliz como en este sueño”. Y se despide diciéndome hasta pronto, no adiós ni hasta siempre. Me dice hasta pronto, como una promesa. Y yo despierto tranquilo de este sueño revelador. Y empiezo a andar mi camino.

Un poco de literatura personal

Lo que hoy voy a dejar aquí publicado lo escribí allá por el año 2000 creo. Fue hace tanto que no lo recuerdo. Pero creo que necesitaba sacarlo para ver si compensa seguir por el relato corto. Algunos de los que me leen habitualmente ya lo habrán leído y lo recuerden. Al resto, simplemente decir que espero que os guste y perdón por la extensión (por supuesto se admiten críticas y comentarios):

EL TESTAMENTO

El notario entró al despacho. Las ocho mujeres se encontraban allí, en silencio, cada una de ellas aguantando el dolor a su manera. El notario tomo asiento, rompió el sello que guardaba el póstumo documento y comenzó a hablar.

- Según tengo entendido ustedes no se conocían antes, pero supongo que ya sabrán la razón por la cual se encuentran aquí reunidas. Antes de comenzar me gustaría darles mi más sincero pésame por esta pérdida. El señor Beltrán me entregó estos documentos personalmente antes de morir y me dio instrucciones precisas sobre su lectura.- hizo una breve pausa para tomar aire y prosiguió- El señor Beltrán depositó en el sobre sellado además de su última voluntad una carta escrita de su puño y letra que pidió fuera leída ante las damas aquí presentes, por ello procederé a su lectura.


<< Queridas amantes:


Os quiero pedir perdón de antemano por el daño que estas líneas puedan causaros; no soy especialista en ocultar mis sentimientos y mi sinceridad a veces hiere los de los demás.


Escribo esta carta conociendo el diagnóstico de los médicos, que me ofrecen una esperanza de dos meses de vida. Espero que el pronóstico no se cumpla y que esta carta tarde muchísimo más tiempo en ser leída, pero cinco expertos oncólogos no pueden equivocarse al mismo tiempo. Me han diagnosticado un tumor que se ha extendido por gran parte del lóbulo cerebral anterior. Ya no hay marcha atrás. Según me han dicho los médicos la metástasis se ha acelerado y sólo un milagro evitaría mi muerte. Por desgracia los milagros sólo les suceden a los que no los necesitan o no los reconocen. He decidido no someterme a ningún tratamiento, de todos modos si no puede haber marcha atrás no merece la pena alargar el sufrimiento. Siempre he tenido apego a la vida y más con treinta y cinco años, pero cuando uno sabe que va a morir no se preocupa por lo que deja atrás sino en el tiempo que le queda por delante. He perdido el miedo a la muerte porque la muerte es ahora mi amiga y tan sólo espero que un día acaricie mi rostro con su frío tacto mortal. Solamente me queda esperar el día. Pero hasta entonces esperaré viviendo y recordando.


Por suerte para mi escasa memoria tengo poco que recordar. Según me contaron mi familia murió en un accidente de tráfico cuando yo tenía cuatro años. A falta de algún pariente vivo que pudiera encargarse de mí, el gobierno tomó posesión de todos los bienes familiares y de mí mismo hasta que fuera mayor de edad. Nunca tuve amigos. Los huérfanos ricos no son personas que caigan bien a la gente por más que lo intenten. Pasé de tutor en tutor como un billete pasa de un bolsillo a otro hasta que cumplí dieciocho años. Por fin fui libre, tan libre que no sabía que hacer. Empecé a viajar, a conocer, a descubrir; en definitiva, a vivir. Y así, viviendo, os encontré a vosotras.


Paloma, tú fuiste la primera. Tenías una gran personalidad. Te conocí en un bar, te invité a una copa y me dijiste que tenías novio. Pensé que era una mera excusa para ahuyentarme. Pero no lo era. Tenías novio, exactamente cien kilos de novio que al verme coquetear contigo me dio la mayor paliza de mi vida. Tú le dijiste que era un animal y un maldito paranoico celoso, le diste una bofetada y le pediste que te dejara en paz para siempre; habías aguantado demasiado de ese tipo. Debiste sentir pena por mí, porque me llevaste al hospital y te quedaste allí hasta que me dieron el alta. Y te quedaste conmigo hasta que, superado el límite máximo de tu paciencia, harta de mis descortesías de niño rico, mis impuntualidades y cambios de humor, me dejaste plantado un año después de conocernos y no supe más de ti.


Alba, fuiste la segunda en aparecer en mi vida. Eras la alegría personificada, el reflejo de las emociones humanas. Contigo supe rectificar los errores que había cometido con Paloma. Cuando te conocí eras actriz en una obra de teatro, no recuerdo cual, y cuando acabó te busqué para felicitarte por tu actuación. Me diste las gracias y me sorprendiste pidiéndome una cita. Pero no sólo eras actriz sobre el escenario. Vivías en un mundo irreal. Desaparecías un día sin decir nada y aparecías semanas más tarde diciendo que te perseguía la policía sin dar más explicaciones. Hasta que un día tu desaparición se prolongo durante demasiado tiempo y no te volví a ver.


Teresa, apareciste en mi vida cuando desapareció Alba. Eras tierna conmigo como nadie lo había sido antes. Te conocí en un hospital cuando me rompí el brazo y tú cuidaste de mí. Tenías demasiado ternura para dar a alguien que nunca había sabido lo que era el cariño. Y tuve miedo cuando decidiste que la mejor manera de cuidarme era llevándome a tu casa a vivir contigo para toda la vida. Sentí pánico al compromiso y huí de ti. Y tú debiste olvidarte de mí ofreciendo tu ternura a otro como me la ofreciste a mí.


Raquel, llegaste más tarde, tras un periodo en el cual pensaba que las mujeres eran demasiado complicadas para mi corto entendimiento. Tú eras diferente, eras racional, previsora, sabías que hacer y cuando hacerlo, no dudabas nunca. Me elegiste porque de haber seguido juntos tu futuro hubiera estado resuelto. Sabías todo lo que yo quería en cada momento pero eras demasiado fría, carente de emociones. No dabas amor, buscabas seguridad, protección, un futuro. Me di cuenta y nos fuimos distanciando poco a poco, hasta que conociste a alguien dispuesto a darte lo que buscabas.


Isabel, fuiste el antídoto al practicismo de Raquel. Eras absolutamente irracional. Te guiabas por impulsos dictados por tus sentimientos, igual que yo. Y como yo cambiabas de humor constantemente. Nuestra relación estuvo llena de pasión, pero no la clase de pasión que yo hubiera deseado. Todos los días teníamos peleas, desacuerdos, contrastes de opinión demasiado airosos. Las reconciliaciones acababan siempre en un arrebato de lujuria desenfrenada. Nos comportábamos como animales; éramos bestias salvajes, violentas, impulsivas. No pude aguantar tantos bajos instintos y te abandoné. No puedo decir que lo sintiera, tan sólo que me sentí liberado.


Clara, trajiste a mi vida la calma que llevaba tiempo esperando. Porque tú eres calmada, tranquila. Te tomabas la cosas con demasiada calma, rozando la pasividad. Aceptabas todas mis decisiones sin rechistar. Complacías todos mis deseos. Demasiada sumisión y escasa actividad. No íbamos a llegar a ninguna parte y lo mejor que hicimos juntos fue separarnos.


Inma, llegaste a mi vida como llega el invierno, poco a poco, de forma inapreciable. Nos veíamos todos los días y al final creíste que sentías algo por mí. Eras tan hermosa y frágil como una muñequita de porcelana. Necesitabas amor, pero no la clase de amor que yo podía ofrecerte, querías el amor del padre que nunca tuviste siendo niña. A veces pensaba que seguías siendo una niña encerrada en el cuerpo de una mujer de veinte años. Me dolió mucho verte llorar cuando te dije que no podía quererte como tú querías que te amara.


Alicia tú no querías amor, necesitabas acción. Eras alocada, impulsiva e irreflexiva. No te cansabas nunca. Ayer descendimos el río Colorado, hoy escalamos el Mont Blanc y mañana sólo Dios sabría que haríamos. Así era nuestra relación, íbamos de aquí para allá sin parar a amarnos, sin pensar porque hacíamos todo lo que hacíamos. Ahora sé porque lo hacías. Tenías miedo a la muerte y te enfrentabas a ella para demostrarte que tú eras más fuerte. Pero yo no estaba dispuesto a enfrentarme también. Que irónico me resulta eso ahora. No pude seguir tu ritmo, y un día antes de tomar un avión a Nepal te dejé plantada en el aeropuerto, de donde partiste como si nada hubiese sucedido.


Como está escrito en los documentos notariales, vosotras os repartiréis la mitad de mis bienes, la cuarta parte irá a la beneficencia y el resto se lo lego a una mujer de quien sólo el notario conoce el nombre para evitar suspicacias. Sólo puedo deciros que no se trata de ninguna de vosotras.


Os había dicho que nunca había tenido amigos; no es del todo cierto. Esa mujer fue mi única y mejor amiga. Ahora me doy cuenta que ella fue la única mujer a la que amé, la única por la que hubiera dado la vida, pero también fue la única que me rechazó. Lo que sentí por vosotras fue algo muy especial, pero no fue amor; en vosotras veía partes de ella, pero las partes no son el todo. A la espera de la muerte todo resulta mucho más claro. La mente se vuelve mucho más lúcida, aunque a algunos les parezca una locura.


Quizás penséis que me he vuelto loco, pero los dolores de cabeza no me han hecho aún perder la razón. Y si me hubiera vuelto loco, si es que tenéis razón, os puedo asegurar que la locura es un don que nos hace ver la vida de la forma más maravillosa posible. >>

20 feb. 2008

Paradojas del parado

Supuestamente los parados somos un colectivo con muchísimo tiempo libre. Pero entonces no logro entender como puedo vivir tan estresado. Vale, no es un estrés como el de los ejecutivos que andan exaltados todo el día, ni el de las madres trabajadoras que han de conciliar la familia y el trabajo. El mío es peor, es estrés de fin de semana.

Durante la semana la cosa suele ser tranquila. Por las mañanas universidad o sesión de redacción en casa. Por las tardes siesta, si se tercia, y entrenamiento cuando toca. Por las noches algo, nunca demasiado, de tele, lectura y a dormir. Y así todos los días. Alguna vez hay cosas que cambian la rutina, como visitas al veterinario o alguna compra imprevista, incluso algún día hacer un recorrido para ver donde echar currículos en cuanto lo renueve. Pero la cuestión es que casi nunca me falta tiempo. De momento.

Pero el fin de semana es otro mundo. Cuando la mayoría de los mortales aprovecha para descansar yo tiendo a la desesperación. Para empezar el día de la semana que más madrugo es el sábado. Una vez desayuno y me pongo presentable, algo harto difícil si vas con chándal, me marcho de casa para ir a pitar a las nueve de la mañana. Mejor dicho, para jugarte la vida a las nueve de la mañana, porque hay gente que no entiende que el deporte está para divertirse y como les pites algo que no les apaña tu vida está en serio peligro. Una vez acaba mi jornada arbitral vuelvo a casa para comer en menos de 15 minutos y volver a salir si es que tengo partido mío o de mis chicas. Si no es así me puedo dar 30 minutos, porque seguramente tendré algún ordenador que reparar de algún amigo. Si el partido lo juego en casa suelo combinar ambas cosas, pero si es fuera substituyo la reparación de computadoras por la adecuación del vehículo, ya que mi coche sale en los desplazamientos. Entre las cinco y las seis llamada a los colegas para ver que plan seguimos a la noche. Entre las seis y las siete se repite la misma llamada porque a las cinco o no se ha podido contactar o aún no hay nada pensado. A jugar el partido, ducha y volver a llamar a los colegas porque la hora a la que se ha quedado no vas a llegar si es que quieres comer algo, porque tengo el pequeño defecto que si no como muero, ya veis que cosas más raras. Luego salir y volver a casa como muy pronto a las cinco de la madrugada.

El domingo, que uno intenta dormir algo más es imposible porque o los perros te despiertan con su ladrar alegre y jovial (la madre que los parió), o porque a tu madre le da por decidir que has dormido demasiado. Desayunar. Comer media hora más tarde porque a las 3:30 tienes partido con las chicas (cuando juegan de locales). Ir a arreglar algún ordenador que no acabaste el día anterior o que no pudiste ir y te toca ir el domingo. Olvidarte de hablar con quien habías quedado porque Windows Vista decide que te va a tocar las narices tanto como pueda. Hacer la visita dominical y olvidarte de ver si alguien interesante se ha conectado al Messenger. Volver a casa a las tantas y acostarte porque estás hasta las pelotas del fin de semana.

Y digo yo, ¿para cuando podré encontrar un trabajo decente y poder poner la excusa “es que estoy cansado de toda la semana currando sin parar”?

La tienda sueca de muebles que montas tú mismo en el calor de tu hogar...

A mí de pequeñito siempre me gustaron los puzzles. Recuerdo que tenía uno que me lo sabía de memoria y lo desmontaba y lo volvía a montar cronometrándome para ver si era capaz de batir marcas. Tenía unas 30 piezas a lo sumo y era un mapa de España con las banderas de las autonomías al lado. Luego ya me dio por puzzles más complejos, como uno de mil piezas de la Capilla Sixtina, o algunos más que rondan por casa. Siempre he querido probar con los puzzles tridimensionales. Pero por el momento me da por montar muebles.

Primero empecé por diseñar algunos muebles, cosa fácil con las herramientas adecuadas, pero los montaban profesionales. Ahora el mundo del "Hágalo usted mismo" resulta tan prático que te puedes montar desde una silla hasta un Ferrari Testarrossa en cuestión de horas. Bueno, en cuestión de horas si todo viene de golpe, porque si viene por fascículos puede que jamás acabes de montarlo. La cuestión es que uno siempre ha sido mañosito para las cosas del bricolaje y en cuestión de visión espacial ando bastante bien, así que en mi casa cuando hay que comprar algún mueble/accesorio automovilistico/accesorio electrico-electrónico el pringao que se encarga del montaje/colocación/puesta en marcha soy yo. Y como en mi casa últimamente les da por comprar cosas para montar... casualidades de la vida que se dice.

Hay que reconocer que es entretenido y se aprenden un montón de idiomas, más que nada porque las instrucciones en regia lengua cervantina brillan por su ausencia o por su incomprensibilidad. He montado casi de todo: toboganes, armarios de melanina, casas de plástico, pupitres,... y hoy por fin me he desvirgado... con un mueble del Ikea.

Los muebles del Ikea son como todos los demás muebles para montar que te puedes encontrar en cualquier ferretería: son de aglomerado o metálicos, vienen con los agujeros preparados y suelen sobrarte siempre tornillos. Y mejor que sobren porque si no los apaños suelen ser de órdago:
- Que no puedo acabar de montar la mesilla porque me falta un tornillo.
- Eso lo sabía hace años.
- Digo de los de apretar, papá. De los otros lo di por perdido hace mucho.
- Pues ponle uno de los que hay por ahí.
- He buscado pero son más grandes.
- Pues haz lo que puedas pero tu madre quiere que este montado ayer.
Y al final buscas un tornillo, el que más se parezca a lo que te falta. Grave error. Los fabricantes de estos muebles deben hacerlo a propósito. Seguro que fabrican sus propios tornillos y de vez en cuando quitan alguno de aquí o de allá, así el comprador tendrá que llamarles para pedir los tornillos que faltan mientras ellos están en sus despachos riendo maquiavélicamente (yo lo haría MWAHAHAHA). Y si pasas de llamarlos acabas con un lateral de la mesilla totalmente abierto porque el tornillo no valía.

Decía que los muebles del Ikea son como los demás muebles montables. Bueno, tienen una diferencia fundamental: el nombre. Y es que está claro que los suecos llaman a las cosas por su nombre: no tienen armarios de dos puertas en cerezo con baldas, tienen schördjngens. Que digo yo, ¿lo de los nombres lo ponen a caso hecho o tienen un gato paseando sobre el teclado al azar? Porque si lo hacen a caso hecho el tío que pone los nombres debe ser un cachondo. No, un cachondo no, un sádico, y de los peores. Sobre todo el que puso este nombre: BJÖRNHOLMEN. Que es como si te metes un polvorón en la boca y te pones a decir Pamplona, pero sin polvorón.

Pero, ¿y lo autosuficiente que te hace sentir montarte tus muebles? El día que saquen la inmobiliaria de Ikea ya se donde me voy a comprar la casa...

16 feb. 2008

Madre no hay más que una...

Dice la genética, que es esa ciencia que se equivoca poco y a los famosos con líos de faldas los mantiene toda su vida en un brete, que todos tenemos un padre y una madre, como mínimo en el sentido biológico de la paternidad y la maternidad. Otra cosa sería entrar en consideraciones morales de otro tipo, pero ni yo soy Ángel Acebes, ni me molesta que una pareja del mismo sexo le dé por adoptar. Aún así está claro que existe, lo que podríamos denominar, “la madre”.

La madre es ese ser que a mediodía te pone el plato encima de la mesa y te mira con cara de cordero degollado hasta que le dices lo buena que esta la comida aunque por dentro estés pidiendo a gritos auxilio, ya que tu estómago está a punto de darse de baja. O se despide de ti un sábado por la noche diciéndote que tengas conocimiento, aunque sepa perfectamente que de eso nunca has gastado. O insiste en que vayas al médico cuando el resfriado te dura un día más de lo que el código médico de las madres estipula, porque “ese resfriado no es normal y seguro que es algo más grave, una gripe aviar o algo de eso”. Y es que una madre se preocupa, da igual que no haya motivos, ella los encuentra.

Porque, claro, hay algo que la mayoría no sabéis pero algunos intuimos, y es que las madres tienen superpoderes. ¿Acaso pensabais que la zapatilla os alcanzaba porque tenía mucha puntería? Que va. Es que son capaces de moverse más rápido que el ojo humano y llegan, vaya si llegan. O el olfato que tienen para comprobar si hemos fumado o bebido, que ni los perros policía detectan así las drogas. Y esa capacidad para detectar si tenemos fiebre poniéndonos la mano sobre la frente, que ahora digo yo, ya que siempre le salía que no tenía fiebre, ¿estaría compinchada con el colegio para no dejarme faltar ni un día a clase?

Y esa capacidad para descubrir la verdad. Ni Grissom, oye. Que un día haces algo fuera de lo normal y ya la tienes encima:
- ¿Qué te pasa?
- ¿A mí? Nada
- Algo te pasa. Te has dejado comida en el plato.
- Que no me pasa nada. Estoy lleno.
- Eso no me lo creo yo. A ti te pasa algo.
- Que no coño. Que pesadita te pones a veces.
- ¿Y contestando así? A ti te pasa algo y grave. No estarás metido en drogas, ¿verdad?

Y al final o te pasa algo de verdad o te lo inventas para que deje de dar por saco, porque como siga por lo de las drogas la tenemos.

Y si no cuando quiere saber de tu vida sentimental, aunque, a veces, más que querer saber se le podría llamar meterse:
- Pues fulanita de tal me ha preguntado hoy por ti. Y su hija no tiene novio.
- Pues que le aproveche la soltería.
- Que soso que eres, con lo maja que es la chica. Y guapa.
- Pues no es mi tipo.
- ¿Por qué? Si es la mar de simpática.
- Pero a mi me gustan de otro tipo.
- ¿Cómo? Si nunca vas con chicas nada más que con menganita. ¿No será tu novia?
- No, mamá, sólo somos amigos.
- ¿Sólo amigos? ¿No serás gay?
Este es un momento cumbre en estas conversaciones. La verdad es que las madres se preocupan sobre todo por una cosa: quieren convertirse en abuelas, y pronto, no sea luego demasiado tarde y no puedan coger a los nietos en brazos. Pero a estas alturas a uno la conversación ya le ha empezado a hinchar las pelotas y tiende a responder como no debería:
- Que no, mamá joder. Que a mí me gustan las mujeres. Y no sabes hasta que punto. Lo que pasa es que no hay ninguna que se deje.
- ¿Esa es forma de contestar? No estarás metido en drogas, ¿verdad?
¡Pues empiezo a plantearme seriamente empezar a tomar alguna!

Pero lo cierto es que no podríamos vivir sin ellas. Esto según como se diga puede tener muchos significados, pero uno de ellos es el más realista y triste a la vez: en los tiempos que corren es imposible vivir sin las madres. A ver como se las apaña un mileurista para llevar casa propia incluyendo limpieza y alimentación, más gastos, si no tiene quien le cuide. Si al final resulta un tormento, pero no podemos vivir sin mamá. Por cierto voy a ver que hay de comida que huele muy bien.

13 feb. 2008

Amar sin ser amado...

Dado que hoy es San Corte Inglés, digo, San Valentín, y que esto del amor siempre es, cuanto menos, complicado, hay que saber a que atenerse cuando se celebran festividades tan sumamente aciagas como ésta. Aciagas, sí, he dicho bien, porque el amor es muy bonito, y tierno, y hermoso, y la leche en polvo (nunca mejor dicho si hay mucho amor, o sólo sexo que pa'l caso...), pero se las trae. Está claro que celebrar el día de los enamorados es un invento de los Americanos importado a estas nuestras tierras hispánicas por los altos cargos de las multinacionales del comercio de perfumes y joyas, así como por los centros comerciales. Y es que si para algo sirve San Valentín es, fundamentalmente, para gastar.

Pero, ¿cuánto gastar? Esto es un problema, principalmente para los hombres, poco dados en general a regalar por regalar. Si compras un perfume ten por supuesto que será tu última cita, pedazo de burro bípedo e isensible; a una amada no ha de regalársele nunca nada perecedero o, en su defecto, que se pueda agotar. Quizás un jamón pueda pasar como buen regalo, pero sólo si colgando de la pezuña aparece una pulsera de diamantes. Las joyas son el regalo perfecto, pero no están al alcance de cualquiera, sobre todo según que joyas. Y si la amas de verdad nada menos que un zafiro, por supuesto. Claro que hay regalos hechos con el corazón y no con el bolsillo, como ese disco de canciones románticas que habéis compartido a lo largo de vuestro romance, pero aunque parezca un regalo resultón, por desgracia resulta escasillo y ha de acompañarse por algo.

Por supuesto todo esto ha de acompañarse de una cena acorde a la celebración. Nada de McDonalds ni hamburguesería habitual; descartados quedan también turcos e italianos a los que irías con tus coleguitas de farras, y ni que decir de tasca cutre de almuerzo en jornada laboral. Si la quieres de verdad ráscate el bolsillo y nada por menos de 25 € el cubierto. Y un buen vino para acompañar que la CocaCola no emborracha pero no vale para la ocasión.

Y después de cenar un paseito romántico. Vale, mediados de febrero no es la mejor época del año para dar una larga caminata nocturna, pero si queréis demostrar vuestro amor no os importará dejarle vuestra chaqueta y pasaros después cuatro días en cama con una gripe de caballo. Y nada de querer llevarla a la cama a las primeras de cambio. Esa noche es de los enamorados, AMOR, AMOUR, LOVE no SEXO. Sólo habrá cama en el caso de que ella sea la que así lo quiera, bueno, como siempre.

Y os preguntaréis por algunas de las cosas que he hecho yo por amor. Pues sobre todo tonterías, vamos cosas que todos los enamorados hacen por lo menos una vez en la vida. Lo de empezar a escribir fue por amor. A ver no quiero decir que escriba siempre por amor, sólo que descubrí que sabía juntar varias palabras y darles algún sentido cuando le dediqué un cuento a una amada; lástima que no sirviera de nada. También suspendí un examen por amor, bueno, más bien lo suspendí por no estudiar, pero no estudié por amor, y por gilipollas también, porque no decirlo.

Y por amor estoy escribiendo esto. Bueno, como diría Roxette "no sé si es amor, pero puede ser". Y como decía en la entrada anterior seguro que ella sabe quien es y es la primera vez que estoy preparado para decirle que me gusta y que me gustaría saber muchas más cosas de ella. ¿Y tú?

11 feb. 2008

Renacimiento

Anoche pasé por uno de esos momentos que es necesario vivir al menos una vez en la vida, principalmente por lo que significan y por la sensación de liberación que representan. Últimamente estaba fuera de mí, había perdido las ganas de todo y estaba metido en una negatividad tan profunda que no era capaz de ver la luz al final del túnel. Todo a mi alrededor se tornaba gris y, aunque pequeñas luces estaban ahí, era incapaz de cambiar el color de las cosas. Hasta el punto de que estaba empezando a afectarme físicamente. Y en ese punto es cuando resulta inevitable darse cuenta de la situación.

Al principio uno siempre lo achaca a una mala racha, ya sabéis, momentos en que todo sale mal aunque piensas que pronto volverán las aguas a su cauce. El problema es que los terrenos por donde debía transcurrir ese río habían sido expropiados para construir un super resort con cuatro campos de golf, seis hoteles y varias urbinizaciones con más de cinco mil viviendas. Y los permisos de construcción estaban a punto de ser entregados. Por suerte mi sentido común, ese ecologista particular de mi medio ambiente interior, tuvo a bien entender que el camino que tenía que seguir el río de mi vida lo había marcado yo y no se tenía que desviar por mi pasividad. Y se puso manos a la obra.

Y anoche a las tantas rompí el cascarón que me tenía atrapado y la luz volvió a aparecer. Mi cuerpo se recargó de energías y de ganas de volver a ser yo. Tan recargado estaba que le costó adaptarse a la nueva situación y durante unos minutos titubeaba. Al final llegué a mi casa con una paz interior fuera de lo común tardando muchísmo más de lo habitual en hacer un recorrido que normalmente recorro en 10 minutos. Y esta mañana me he levantado con un dolor de cabeza fuera de toda escala, producido por la reactivación de todas las células de mi cuerpo. Pero por contra tengo tan despejada la mente que los pensamientos fluyen como nunca antes lo habían hecho.

Gracias Asun por hacerme ver el camino.

P.D.: Tanta es la fuerza interior con la que me encuentro que esta semana me veo capaz incluso de acercarme a ella, a esa chica que apareció en mitad del sueño revelador, a ese nombre que no dejaba de mostrárseme claro como el agua del río de mi vida, a esa chica que seguro que se ha dado cuenta que en mi interior algo se mueve por ella, a acercarme a ella como nunca me he acercado a una chica antes en mi vida, mirarla a los ojos y decirle dulcemente que me gusta y que no me importa que me diga que no, porque por una vez en mi vida me siento con confianza en mí mismo suficiente para sobreponerme.

5 feb. 2008

Si yo fuera rico...

Diría que es algo común a todos los mortales, pero existe ese pequeño porcentaje de la población mundial que no tiene que preocuparse ni por su hipoteca, ni por llegar a fin de mes (como Esperanza Aguirre, que con su sueldo pasa apuros, pobre) que hace que no todo el mundo se haga la gran pregunta: ¿Qué haría yo si tuviera mucha pasta?

Sí, vamos, imaginad que de la noche a la mañana te vuelves multimillonario, pero en euros, que es más difícil. No sé, te toca un superpremio en la lotería, heredas repentinamente de un familiar que ni siquiera conocías y que en un último arrebato de generosidad ha decidido legar toda su fortuna al único familiar que pasaba hasta el infinito y más allá de sacarle los cuartos... Vamos, cosas que sólo pasan en las películas y casi siempre acaban mal.

Pues creo que para empezar se lo daría todo a los pobres, o sea, a mí, que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Bueno, la mitad se la daría a Hacienda porque no quedan más cojones, salvo que seas deportista o cantante famoso y te empadrones en Andorra y seguramente del sobrante daría la otra mitad. ¿Para qué me hace falta a mí más dinero del que jamás pudiera a gastar? Por lo tanto me quedaría con la cuarta parte de las riquezas originales y aún así sería un pastón.

Dado este primer reparto es cuando comenzarían las acciones no estrictamente económicas. Primero me acercaría a mi madre y, con una lagrimilla en el ojo, le diría con voz quebrada por la emoción:”Mamá, me voy de casa…”. Supongo que su primera reacción sería descorchar champán o, en su defecto sidra, pero celebrarlo seguro. Después de darle la alegría más grande de su vida, acabaría la frase que el corcho disparado de la botella habría impedido acabar:”… porque tengo más pasta que peso y por fin me puedo independizar”. Conociendo a mi madre su siguiente pregunta sería: “¿Y de donde has sacado el dinero si no trabajas? ¿Lo has robado? ¿Estás metido en asuntos de drogas?”. Y es que mi madre tiene depositada en mí, ante todo, una confianza inquebrantable.

Entonces comenzaría a resolver los problemas de vivienda y desplazamiento. Primero un sitio donde poner el huevo, que no es fácil. Y como prefiero el campo me haría una casita para vivir, sin ostentaciones, sencillita, muy básica. No llegaría a los 17 baños de la casa de Isabel Preysler, con 10 ya sobraría. Que el día que en esa casa estén todos con diarrea el recibo del agua será de escándalo, aunque me da a mí que tampoco les costará mucho pagarlo. La casa tendría su piscina, olímpica si acaso, aunque yo no se nadar, pero así uno se va obligando a aprender; un jacuzzi, pista de tenis, frontón, una cancha de basket… ¿Os acordáis de la casa de Falcon Crest? Pues igual pero en vez de viñedos como mucho naranjos. Y el vehículo sería también sencillito. Nada de Ferraris que no quepo y son incomodos, ni un Hummer que consume más combustible que un jet. Un Aston Martin ya estaría bien. Un Vanquish ya que estamos.

Con el dinero que aún me quedara, que ya digo que seguiría siendo muchísimo iría a un banco vestido de chándal, despeinado y sin afeitar. Y cuando el director estuviese llamando a la policía para avisar del posible robo le mostraría lo muchimillonario que soy, para joder más que nada, y a ver que es capaz de hacer con mi dinero. Porque con el dinero de los pobres son muy torpes, pero con el de los ricos hacen virguerías.

Una vez solucionados todos esos problemas empezaría a viajar por el mundo tirando de tarjeta en plan multimillonario excéntrico de los que se van en un todo terreno por en medio de las junglas asiáticas. Y, por supuesto, me convertiría en un soltero interesante. Dejaría de ser el pringado que no tiene donde caerse muerto para ser el tipo interesante y con encanto que las mujeres adoran. Especialmente esas mujeres neumáticas sin cerebro ni personalidad que tanto abundan por los platós de televisión y que tienen tanto interés para mí como la situación geopolítica del hemisferia occidental de Saturno.

Y para acabar me despertaría del sueño, vería mi vida de parado pringao y diría:”Por lo menos que me quede como estoy”

4 feb. 2008

Don Carnal

Se acerca, o mejor dicho, se nos echa encima, ese periodo de abstinencia, fundamentalmente carnal - pero de la carne que se come, vamos, que aunque la otra también se pueda comer pues uno se abstiene cuando no le queda más remedio, y empiezo a liarme y mejor dejo el asunto aquí por ahora -, y antes de que llegue tan fatídico momento, los humanos nos lanzamos al desenfreno en la mayor de las fiestas paganas concebidas para el placer y la lujuria: el Carnaval.

Está claro que el nivel de lujuria del carnaval va por barrios. Y es que no es lo mismo el Carnaval de Río en el Sambódromo que el de Venecia en la plaza de San Marcos. Una por escasez y la otra por sobrecarga de vestuario. Claro que siempre existe un término medio, ese habitual, en el que tendemos a disfrazarnos de aquello que más nos, podríamos decir, "apetece". No es necesaria una apetencia como tal, más bien un simple gusto por el tema en cuestión, una burla o, más simplemente, la diversión por la diversión. No vamos a entrar en elucubraciones psicofilosóficas de si el hombre que se viste de mujer lo hace por hacer aflorar un deseo de travestimo oculto. Las narices. Y si me disfrazo de bebé será por las reminiscencias de una etapa de la infancia no disfrutada, ¿verdad, Freud? ¡Cuánto daño ha hecho el psicoanálisis al mundo! Porque, vamos a ver, si me disfrazo de vaca, ¿tiene que ser por razones zoofilas o por reminiscencias de una vida anterior? ¿No será más bien porque me sale de las ubres? ¡Entonces si me disfrazo de David el Gnomo se creeran que me van los bajitos centenarios!

La cuestión es que ayer fue la noche grande del carnaval en Alicante, y se podía ver de todo: abejitas, mariquitas, florecitas, animadorcitas con pelajos en las piernas..., pero sobre todo se veía a gente muy borracha. ¿Qué tendrán estas noches que nos lanzan a los brazos de Bacco? Bueno, y del ron, el whisky, el vodka, la ginebra... Y es que nos gusta beber, reconozcámoslo. ¿Para deshinibirnos? No lo creo. Vamos, no creo yo que alguien que va disfrazado de general espartano sólo con unos gayumbos negros y una capa roja necesite deshinibirse mucho. O venía directo de las Termópilas con un buen calentón, porque a mí se me helaban hasta las entrañas. Lo cierto es que los carnavales sacan de nosotros nuestro lado más auténtico.

Yo iba entre geek y nerd. ¿Qué es eso? Pues muy fácil: cuando un raro es muy raro se le llama friky; cuando un friky es muy friky se le llama geek, y cuando un geek es muy geek se le llama nerd. Muy logrado por cierto el disfraz, sobre todo teniendo en cuenta que lo acabé de decidir a las siete de la tarde y empecé a vestirme a las diez y cuarto de la noche. Y el toque de la calculadora científica, que de haber funcionado hubiese sido espectacular, me daba un aire de lo más realista. Y empezar la noche con chistes geeks también ayudo a meterme en el papel. Como por ejemplo ese que dice:

- ¿Cuántos eran los dálmatas de la película?
- 101.
- ¡Por el culo te la hinco!

¿Qué no lo habéis pillado? Si es que...