2 may. 2008

El sinsentido de la vida... (homenaje a Gonzo)

Llevo ya un rato intentando empezar esta entrada y no se por donde hacerlo. Son tantas las cosas que llevan dándome vueltas en la cabeza últimamente que no consigo focalizar un pensamiento concreto. Lo único que vienen a mi mente son recuerdos, momentos y sensaciones. Y la sensación que más se repite últimamente es la de ira. Y como dijo Yoda, la ira lleva al lado oscuro.

Leía el otro día, no sé en que lugar, que tener ataques de ira de vez en cuando es bueno para el organismo, porque ayuda a evitar alteraciones de la presión arterial, afecciones pulmonares y transtornos del sueño. Si esto es cierto ya se cual es la razón por la cual no duermo bien y es que soy totalmente incapaz de liberar la mala leche de golpe y me aguanto los cabreos. A veces me gustaría tener un saco para golpearlo cuando me cabreo, o un conejo gigante como la señora Sakurada (Shin Chan, nenes, a ver si tenemos más cultura manga), y poder machacarlo con rabia. Nunca he sido capaz de hacerlo. Puede que sea una cuestión moral intrínseca propia que me haga incapaz de demostrar incluso los sentimientos de rabia extrema. Hasta ahora la única forma en que era capaz de soltar la rabia era llorando, pero está claro que de esta forma no se libera la suficiente. La única vez que fui capaz de lanzar un golpe de rabia fue hace cosa de un mes cuando tuve que parar el coche en la cuneta para maldecirme por gilipollas. Pero un golpe al volante no es comparable a poder descargar golpes contra una pared. Puede que realmente no haya acumulado jamás tanta rabia contra mí mismo o contra un semejante. Puede que no tenga motivos reales para enfadarme hasta ese punto. Pero en realidad sí han habido muchas ocasiones.

Recuerdo, por ejemplo, el día en que decidí dejar mi anterior trabajo. El trabajo me gustaba aunque de vez en cuando tenía problemas con uno de mis compañeros. A pesar de estar todo el día en la carretera era agradable el contacto humano con los clientes y poder relacionarse con toda clase de personas, aunque de vez en cuando algunos podían sacarte de tus casillas. Pero un día se sobrepasaron todos los límites. Había salido de mi casa a las 8:30 como casi todos los días para pasar por el taller y luego ir al almacén de El Corte Inglés a recoger la mercancía a entregar. Como era habitual el compañero de siempre llegaba tarde mientras los otros dos ya nos poníamos manos a la obra en el reparto de tareas. Ese día me tocó la ruta: Pinoso, Jávea y Torrevieja. Con un poco de suerte a mediodía podría pasar por mi casa para comer y a las seis y algo habría acabado. Pero en mi trabajo no se podía hacer uno esperanzas. Lo que en un principio iba a ser una entrega en Pinoso se convirtió en la instalación de dos impresoras con un retraso acumulado de 45 minutos. El servicio de Jávea comenzó tarde porque la dirección donde debía ir no estaba señalizada ni existía en los callejeros de que disponía. Al final no pude parar a comer porque llegaba una hora tarde al primer servicio de Torrevieja. Pero con un poco de suerte a las seis y cuarto había acabado y me dirigía al coche para volver a casa y descansar. Ingenuo. En ese momento me llamó mi jefe diciéndome que tenía que ir urgentemente a un servicio en Elche. Para ir resumiendo diré que volvía a mi casa a las 10 de la noche roto, sin hambre siquiera y sólo con ganas de llorar y mandarlo todo a la mierda.

Por supuesto no ha sido ésta la única vez que he tenido ganas de reventarme los nudillos a puñetazos contra un muro. Ahora mismo no sé si necesito hacer eso mismo o, sencillamente, pasar de todo y de todos. Es una mierda vivir continuamente en mitad de una montaña rusa de sentimientos. Creo que me voy a dejar arrastrar por el lado oscuro...

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Hola contradicto!
Qué curioso lo de la ira, ¿eh? ¿Por qué será que parece que no basta con dejar el trabajo, que se queda uno con ganas de poner bombas atómicas y de liarse a hachazos? Pero bueno, por si te anima, les hay que no dejan el trabajo aunque les estén hacendo una lavativa diaria.
¡Un beso!
María