4 feb. 2008

Don Carnal

Se acerca, o mejor dicho, se nos echa encima, ese periodo de abstinencia, fundamentalmente carnal - pero de la carne que se come, vamos, que aunque la otra también se pueda comer pues uno se abstiene cuando no le queda más remedio, y empiezo a liarme y mejor dejo el asunto aquí por ahora -, y antes de que llegue tan fatídico momento, los humanos nos lanzamos al desenfreno en la mayor de las fiestas paganas concebidas para el placer y la lujuria: el Carnaval.

Está claro que el nivel de lujuria del carnaval va por barrios. Y es que no es lo mismo el Carnaval de Río en el Sambódromo que el de Venecia en la plaza de San Marcos. Una por escasez y la otra por sobrecarga de vestuario. Claro que siempre existe un término medio, ese habitual, en el que tendemos a disfrazarnos de aquello que más nos, podríamos decir, "apetece". No es necesaria una apetencia como tal, más bien un simple gusto por el tema en cuestión, una burla o, más simplemente, la diversión por la diversión. No vamos a entrar en elucubraciones psicofilosóficas de si el hombre que se viste de mujer lo hace por hacer aflorar un deseo de travestimo oculto. Las narices. Y si me disfrazo de bebé será por las reminiscencias de una etapa de la infancia no disfrutada, ¿verdad, Freud? ¡Cuánto daño ha hecho el psicoanálisis al mundo! Porque, vamos a ver, si me disfrazo de vaca, ¿tiene que ser por razones zoofilas o por reminiscencias de una vida anterior? ¿No será más bien porque me sale de las ubres? ¡Entonces si me disfrazo de David el Gnomo se creeran que me van los bajitos centenarios!

La cuestión es que ayer fue la noche grande del carnaval en Alicante, y se podía ver de todo: abejitas, mariquitas, florecitas, animadorcitas con pelajos en las piernas..., pero sobre todo se veía a gente muy borracha. ¿Qué tendrán estas noches que nos lanzan a los brazos de Bacco? Bueno, y del ron, el whisky, el vodka, la ginebra... Y es que nos gusta beber, reconozcámoslo. ¿Para deshinibirnos? No lo creo. Vamos, no creo yo que alguien que va disfrazado de general espartano sólo con unos gayumbos negros y una capa roja necesite deshinibirse mucho. O venía directo de las Termópilas con un buen calentón, porque a mí se me helaban hasta las entrañas. Lo cierto es que los carnavales sacan de nosotros nuestro lado más auténtico.

Yo iba entre geek y nerd. ¿Qué es eso? Pues muy fácil: cuando un raro es muy raro se le llama friky; cuando un friky es muy friky se le llama geek, y cuando un geek es muy geek se le llama nerd. Muy logrado por cierto el disfraz, sobre todo teniendo en cuenta que lo acabé de decidir a las siete de la tarde y empecé a vestirme a las diez y cuarto de la noche. Y el toque de la calculadora científica, que de haber funcionado hubiese sido espectacular, me daba un aire de lo más realista. Y empezar la noche con chistes geeks también ayudo a meterme en el papel. Como por ejemplo ese que dice:

- ¿Cuántos eran los dálmatas de la película?
- 101.
- ¡Por el culo te la hinco!

¿Qué no lo habéis pillado? Si es que...

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